Era temprano en la mañana. Sin embargo los animales ya estaban todos despiertos, sin excepción. Me dirigí al granero para llenar los tarros de comida y cargar agua para que puedan beber. Cargué tres fardos de alfalfa en una carretilla, y volví al patio. Los caballos me miraban ansiosos; les entregué los fardos e instantáneamente mi presencia pasó a un segundo plano para los equinos. Las gallinas estaban más alborotadas. Corrían y cacareaban incesantemente. Había de todos los colores y tamaños, pero las marrones parecían ser las más hambrientas, ya que apenas me agache para colocar los tarros con maíz, se me abalanzaron sobre los brazos provocando que la mitad del alimento cayera al suelo. También había un par de cerdos que se encontraban en un corral aparte.
Era el turno del animal preferido de mi amigo, su gato Melquíades. Fui a La Recova a comprarle su alimento, ya que luego de buscarlo por todo el granero sin éxito llegué a la conclusión de que se había acabado. Al volver entré por la puerta principal de la casa. Era la primera vez que lo hacía, puesto que antes había ingresado con el carruaje. Esta entrada era más bonita. Había una enorme puerta entre dos columnas que permitía el acceso a un zaguán. Este comunicaba con un primer patio interno alrededor del cual se desarrollaba normalmente la vida social de la vivienda. Varias habitaciones rodeaban este patio, eran las habitaciones de los miembros de la familia. Seguido a este primer patio había otros dos, en donde se realizaban las tareas de servicio y donde residían los animales. En el fondo vivían los esclavos, en quienes mi amigo confiaba poco y nada; sus criados de mayor confianza se habían marchado con él. Melquíades debió haber olfateado su comida ni bien entré a la casa, ya que me siguió todo el camino hasta su plato y miró expectante cómo lo llenaba. Era un gato de unos diez años aproximadamente. Su dueño lo amaba, era un miembro más de la familia. Me llamó la atención el modo en que comía; hacía pausas para apreciar mis movimientos, parecía como si estuviera vigilándome, después de todo, él era el dueño de la casa, yo era el extraño.
Cansado de tantas vueltas me acosté en la cama a descansar un poco. Sin embargo no logré conciliar el sueño. Seguramente se debía a la excitación que despertaba en mí esta casa, o simplemente a la frialdad de una cama que me era ajena. Resignado ya en mi intento de descanso me dispuse a recorrer la morada. Entré a todas las habitaciones, observe atentamente la decoración y los muebles, todo era antiguo y lujoso. No quise incursionar mucho en cajones y estantes ya que lo sentía como una invasión innecesaria a la privacidad de los distintos miembros de la familia, a pesar de no estar presentes allí, yo tenía un gran respeto por todos ellos. Cuando entré a la última habitación del patio principal me lleve una gran sorpresa. Yo pensaba encontrarme con un dormitorio más. Sin embargo, esta no era una habitación convencional. Era más bien una oficina. En el fondo de la misma había un escritorio desbordado de papeles. Las paredes estaban cubiertas con estantes llenos de libros. Esto me llamó mucho la atención, mi amigo nunca me había comentado su fanatismo por la literatura y la escritura. Revisé los libros que se encontraban sobre el escritorio. Eran de lo más variado, desde libros sobre religión, pasando por poemas de Calderón de la Barca, hasta la constitución francesa. Observando los papeles que estaban sobre el escritorio encontré textos en latín y en inglés. En el centro de la mesa había una carta. La firmaba “Carlos Rousseau”, seguramente un pseudónimo. El contenido de la misma también se hallaba encriptado. Sin embargo, logré rescatar algunos puntos. Hablaba de una reunión, no pude descifrar el lugar, pero la fecha indicaba ese mismo día. Sentí un escalofrío cuando en el motivo de la reunión leí la palabra “revolución”. Decía algo sobre un nuevo gobierno; mucho más no pude descodificar. Al dar por finalizada mi empresa me quedé paralizado, la carta resbaló de mis dedos. Instantáneamente recordé mi último encuentro con mi amigo, cuando me pedía que le cuidara la casa ya que se iría unos días a descansar a una estancia ubicada en el norte de la provincia. Todo tipo de dudas y conjeturas se mezclaron en mi cabeza. Nos conocíamos hacía quince años, no solíamos ocultarnos nada, esto era algo totalmente revelador para mí. Decidí prepararme un trago y sentarme en un sillón para despejar un poco mi mente y pensar con claridad. Claramente esa carta explicaba la causa de su partida. Lo que me había dicho a mí no era entonces más que una simple excusa para ocultar la verdadera razón. Pero, ¿Qué sería esta “reunión” de la que hablaba la carta? ¿Acaso estaba involucrado en algún tipo de conspiración contra el gobierno? ¿Desde cuándo estaría ocultando este tipo de actividades y quién era la gente con la que se reunía? Todo tipo de preguntas inquietaban mi cabeza.
Mientras seguía bebiendo, recordé todas las ocasiones en las que mi compañero se había ausentado bajo pretextos poco verosímiles; o aquella vez que estuvo en prisión. Me había dicho que se había peleado en un bar, pero después de esto todo comenzó a aclararse. Cuando la botella ya tenía menos de la mitad, decidí olvidar el tema, después de todo, cada uno tiene derecho a guardar sus propios secretos; si él nunca había querido contarme nada acerca de ese tema seguramente tendría sus razones. Además, el modo por el cual me había enterado no me dejaba muy bien parado ¿Qué es eso de andar husmeando en la privacidad de un amigo a sus espaldas?
Años más tarde, leyendo el diario La Gazeta reconocí el pseudónimo “Carlos Rousseau”, bajo el cual se firmaban algunas de las notas publicadas. Un tiempo después se dio a conocer que el dueño de esa firma era un tal Juan José Castelli.
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