lunes, 29 de agosto de 2011

Proyecto Narrativo - Texto Final

Desde el Limbo hasta la Plotomea

I

-¿Qué va a tomar joven? -me preguntó el camarero ni bien me senté en la barra.

La pregunta me tomó por sorpresa, no había tenido tiempo ni de pensarlo, por lo que pedí lo primero que se me vino a la cabeza.

-Una cerveza, por favor -repliqué.

-¿Puede ser una pizza también? -agregué rápidamente.

Ya era tarde y no probaba un bocado desde el mediodía. Mi madre seguro debería estar preocupada, había estado muy ocupado ayudando a un compañero de la facultad con un trabajo, por lo que no dormía en casa hacía dos noches. Por eso, planeaba comer algo rápido y regresar para estar con mi familia.

-Sírvase. Son veinte pesos -me dijo el camarero mientras apoyaba el plato sobre el mostrador.

-Gracias, aquí tiene -le contesté sacando el dinero del bolsillo.

No sé si esa pizza era realmente una delicia o si tantas horas sin comer convertían en un manjar cualquier alimento, pero lo cierto es que disfrutaba de cada bocado como si fuera el último.

Un fuerte ruido interrumpió mi comida.

-¡Con que acá se escondían ustedes dos! -le dijo un hombre que acababa de ingresar al lugar a otros dos que ya estaban comiendo ahí cuando yo llegué.

- ¡Mueven un pelo y les vuelo la cabeza a los dos! –exclamó mientras golpeaba su pistola contra la mesa.

Era un hombre alto, fornido, con un bigote a la americana, vestido de civil. Estaba acompañado por tres más. Creo que dijeron algo como que eran policías, aunque no recuerdo bien, me había quedado helado.

-Vos no te hagas el piola –la presión que ejerció el cañón de esa pistola en mi espalda me hizo recobrar el sentido- Vas a tener que acompañarnos.

No entendía que querían, al parecer no era dinero lo que buscaban. Eran realmente violentos, yo estaba muy asustado. Dos tipos más entraron al bar. Nos tomaron a todos del cuello y nos llevaron afuera donde había dos automóviles. Al camarero y a mí nos introdujeron en un Renault 12 Break, a los otros dos los subieron a un auto verde cuyo modelo no alcancé a divisar.

¿A dónde diablos me llevaban? Todo era muy confuso, unos minutos atrás estaba disfrutando una comida, tranquilo, y de pronto esto.

-¡Agachá la cabeza! -me dijeron mientras me la tapaban con un pullóver- ¡Agachala o te la reviento!

Entre lágrimas y gritos exclamaba mi inocencia, pero solo recibía golpes y amenazas a cambio. Aturdido por los palazos que recibía en la cabeza, me di cuenta que era en vano seguir peleando, así que dejé de oponer resistencia y me entregué por completo.

II

- ¡Cúbranse que viene la patota!

Rápidamente me levanté la venda y cubrí mis ojos, si me llegaban a ver con los ojos descubiertos me las vería con la picana eléctrica. Si quería mantenerme con vida tenía que evitar nuevas heridas, ya bastante difícil se hacía con las que me habían provocado hasta el momento: tenía marcas en toda la espalda y una lesión en la pierna izquierda que me dificultaba caminar con normalidad.

La puerta se abrió y entró un grupo de hombres.

-Vos venís con nosotros –dijo uno de los hombres mientras me agarraba del brazo. Me levantó y me sacó de la habitación.

-Te vamos a hacer unas preguntitas, y más te vale que colabores.

Me llevaron a otra habitación, donde me pusieron de rodillas y comenzaron a hacerme preguntas.

-¿Qué sabés del levantamiento en Floresta?

No tenía la menor de idea de que me estaban hablando, y esto no me ayudaba, ya que cuando les decía que no sabía de que se trataba y que yo no tenía nada que ver era cuando peor la pasaba.

-Bajalo a ver si se le refresca la memoria -decía quien parecía estar a cargo del operativo, e instantáneamente sumergían mi cabeza en una bañera llena de agua.

Esto se repitió un par de veces. Cada vez me costaba más inhalar una buena bocanada de aire antes de ser sumergido nuevamente. El agua estaba helada, la cara me temblaba del frío. En eso, una nueva pregunta llamó mi atención.

-¿Qué relación tenés con Juan Pablo Rodríguez, Néstor Pietravallo y Enrique Serrano?

Este último nombre me dejó petrificado. Desconocía totalmente a los primeros dos, pero el último… Serrano era mi compañero de facultad ¿Qué tenía que ver él con todo esto? ¿Acaso estaba metido en algo y no me contó nada? Yo que me consideraba un tipo muy observador, ¿Cómo pude pasar semejante detalle por alto?

-¡No te hagas el boludo y contestá la pregunta! -interrumpió mis pensamientos el interrogador en un tono imponente- ¿Los conoces o no?

Me encontraba ahora en una disyuntiva. Si no decía nada seguirían torturándome; ya me habían advertido que si quería salir tendría que “colaborar”, darles nombres, direcciones, números telefónicos. Si les admitía mi relación con Serrano era boleta, si al parecer pertenecía a un grupo revolucionario, yo seguiría el mismo destino que él. Sin embargo cabía la posibilidad que Serrano siguiera en libertad. En ese caso, si yo lo “vendía” seguramente me dejarían en libertad.

De vuelta el agua. La sensación de ahogo me impedía pensar con claridad. Había tragado tanta agua que ya me sentía mareado. Cuando me sacaron la cabeza de la bañera decidí que si quería permanecer con vida, era hora de jugar mi primera carta.

-¡Serrano! –exclamé con lo que me quedaba de aire- Es al único que conozco, es compañero mío de la facultad.

- ¿Y sabías que tu amiguito es un terrorista? Seguro vos lo ayudabas a hacer la revolución, ¿No?

-¡No señor! Le juro que no tenía idea que él estaba metido en eso, solo vamos a la facultad juntos, nada más.

Hubo un silencio. Parecía que habían creído en mi sinceridad. Yo mientras tanto rezaba por que no llegara la siguiente pregunta. Me pusieron de pie, y empezamos a caminar, al parecer volvíamos a la habitación.

- Ahora pensá bien lo que vas a decir. Decime la dirección de tu amiguito. Acordate que lo antes que hables, lo antes que vas a salir de acá.

III

Cada vez estaba más flaco. Las heridas de los golpes no eran nada en comparación con el estado en el que me tenían. Mal alimentado, totalmente sucio; me estaba pudriendo lentamente. Todavía recordaba el sabor de esa pizza, lo daba todo por volver probar un bocado así. Pero eso desataba también mi ira. Maldecía mi suerte por haber entrado a ese bar en aquel momento. Solía ir seguido a ese lugar. Después de clases siempre íbamos a tomar algo ahí con Enrique, nunca pasaba nada, era un lugar muy tranquilo.

La inocencia me estaba comiendo la cabeza. Trataba de atar cabos, de entender cómo era que había ido a parar ahí. La explicación de la casualidad de una situación desafortunada ya no era suficiente para justificar la condición en la que me encontraba. Tenía que haber algo más. ¿Y si no era del todo inocente? ¿Si había hecho algo que no recordaba? Es difícil pensar con claridad cuando uno se encuentra en este estado. Por otro lado eso puede ser lo que están buscando. ¿Querrán que me vuelva loco, que llegue a ese estado en el que nada es certero, todo es confuso, y confiese cualquier cosa?

Ese día recibimos una inesperada visita. Álvaro, aquel que había estado a cargo del operativo en el cual me detuvieron, y quien solía tomar parte en los interrogatorios, se había hecho presente en nuestra habitación.

-Tomá Beto, calzate –me dijo arrojándome un par de zapatillas-. Vamos a dar un paseo.

Agarré las zapatillas, y mientras me las ponía pregunté: - ¿Me llevan a casa?

-Apurate y vení, que acá las preguntas las hacemos nosotros.

Me calcé y me paré rápidamente. Estaba emocionado, me iban a soltar. Sin embargo, después de todo lo que había vivido ahí adentro tenía derecho a dudar de cualquier cosa que me dijeran, el engaño y la distracción eran parte de la tortura. Álvaro solo aparecía en ocasiones especiales, así que eso significaba que algo importante estaba por suceder.

-Me van a soltar, ¿No? -pregunté mientras bajábamos las interminables escaleras.

-Primero nos tenés que ayudar. Vamos a dar un paseo, y si todo sale bien, te volvés a tu casa.

Esto me daba esperanzas, aunque también me despertaba cierta incertidumbre. ¿A dónde me llevaban? Eso último que dijo me dejó pensando, ¿Qué habrá querido decir con “si todo sale bien”?

Una vez afuera, antes de que me subieran al automóvil, un particular ruido llamó mi atención. Era inconfundible. Tanto tiempo en ese calvario me había hecho olvidar por completo el Mundial. Sin dudas era el rugido del Monumental totalmente colmado por hinchas albicelestes. Había perdido la cuenta de los días, pero deberíamos estar a fines de junio ya. ¿Había alcanzado la final el conjunto argentino? No me atreví a preguntarles nada. Tenía asuntos más importantes por delante como para andar preocupándome por el fútbol. Además, si les preguntaba se percatarían de que me había dado una idea de dónde nos encontrábamos, y eso para ellos no era nada bueno; hasta podía significar mi muerte.

Después de alrededor de media hora de viaje el automóvil se detuvo. No tenía la menor idea de donde estábamos, y no creo que planearan decírmelo. Mi hicieron bajar con la cabeza agachada. Mis ojos seguían tapados con la misma venda desde el primer día. La ansiedad me dominaba, solo pensaba en volver a casa.

Caminamos unos veinte pasos cuando oí la voz de Álvaro ordenando que me quitaran la venda. El velo cayo, y frente a mis ojos descubiertos se me reveló la imagen de mi querido amigo Enrique.

No pude advertir dónde nos encontrábamos, mi atención estaba puesta ciento por ciento en los ojos de mi amigo.

-Me mataste Beto –me dijo Enrique con lamento en su mirada-. Me mataste.

-Al final, somos todos la misma mierda –contesté comprendiendo el desenlace.

-¡Disparen! -exclamó Álvaro.

Después de más de cuarenta días en ese infierno, por fin me devolvían mi libertad.

Proyecto Narrativo Final - Proceso de Escritura

Para iniciar este proyecto comencé buscando inspiración en la lectura. Tomé a Kafka como referente, y procedí a leer varios cuentos suyos. Al mismo tiempo, para empezar a delinear el camino a seguir, leí todas las consignas del cuadernillo del taller. Dentro de estas consignas encontré la posibilidad de realizar un viaje al pasado, y decidí apuntar a un relato centrado en un hecho histórico. Esto me abrió una infinidad de posibilidades, es por eso que más tarde decidí buscar dentro de nuestra propia historia. Pero no quería trabajar con un pasado lejano, algo que por cierto ya había hecho en la última consigna del taller, así que debía buscar en la historia más reciente de nuestro país. Rápidamente se me vino a la cabeza la última dictadura militar, un hecho pasado, pero que causó una herida tan profunda que aun sigue abierta. Ya había decidido el contexto, la cuestión ahora era cómo trabajar con eso, ¿Qué y cómo quería narrar?

En cuanto a la lectura de Kafka, me había quedado un poco estancado, no terminaba de encontrar en sus cuentos ideas que me sirvieran, por lo que recurrí a otros autores. Particularmente, me llamó la atención el modo de narrar de Hemingway. Leí varios cuentos suyos, como por ejemplo “Los asesinos”, “Un canario como regalo”, “Un lugar limpio y bien iluminado”, “El viejo en el puente” y “El mar cambia”. Éstos me gustaron mucho más que los de Kafka, me resultaron más atrapantes. Tengo que admitir que a veces me costó trabajo comprenderlos, pero quedé fascinado con esa habilidad que tiene Hemingway para relatar situaciones triviales de un modo misterioso, y la construcción que realiza de los personajes a través de sus acciones y sus discursos, hasta muchas veces evita darle nombres a los personajes. Es muy interesante el uso de los diálogos. Muchos de estos cuentos se construyen a través de conversaciones entre dos o más personajes, lo que le permite al lector conocer mejor a los protagonistas sin la necesidad de que intervenga un narrador.

Pero otro autor iba a serme doblemente útil, Rodolfo Walsh, y más específicamente su libro “Operación Masacre” me iban a brindar ideas acerca de qué y cómo contar. Este es un libro que ya había leído, por lo que conocía la historia que narra. Teniendo en cuenta el contexto con el que planeaba trabajar, una historia similar se adecuaba perfectamente a lo que pretendía hacer. Esta obra es un relato novelado de un hecho real, que reconstruye la historia de los Fusilamientos de José León Suárez, la masacre que tuvo lugar en nuestro país durante el gobierno de facto de la autodenominada “Revolución Libertadora”, en 1956. Walsh toma los testimonios de los protagonistas para armar un relato detallado de todo lo sucedido en aquel trágico episodio. En el final del libro incluye declaraciones directas de sobrevivientes y represores como evidencia. De esta lectura fue que me surgió la idea de escribir un cuento, relatando el secuestro de una persona durante la última dictadura militar; hacer ver sus sensaciones y la crueldad con la que es tratado mientras está detenido, siendo víctima de torturas tanto a nivel físico como mental, destruyéndolo lentamente.

Antes de largarme a escribir decidí releer Operación Masacre para buscar ideas. También, aproveché buscar textos que me ayudaran a interiorizarme en el período de la dictadura, para conocer como era la situación y especialmente como se llevaban a cabo las detenciones, torturas y asesinatos. Para esta tarea encontré oportuna la lectura del informe de la CONADEP “Nunca Más”. Concentré mi lectura en testimonios de gente que logró sobrevivir a las torturas. Es interesante ver como cada uno narra su historia, y a partir de esto además se puede conocer la clandestinidad de los hechos. Detenciones que eran realizadas por integrantes de la policía o el ejército vestidos de civil, que entraban en domicilios, lugares de trabajo, de reunión, etc. Generalmente eran por la noche, muchas veces se cortaban previamente el suministro de luz, y se rodeaba la cuadra. Los secuestrados eran “tabicados” y trasladados de los centros de detención, donde eran víctimas de todo tipo de torturas durante interrogatorios en los que se buscaba asociar a los secuestrados con algún tipo de acción “subversiva”. Muchas veces estas torturas terminaban con la muerte de las personas, eran pocos los que lograban salir con vida de los centros de detención. Además, el libro incluye información sobre los más de 600 centros clandestinos de detención. Leí sobre algunos de los que se ubicaban en Buenos Aires, y decidí trabajar con el que funcionaba en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, ubicado en la zona norte de la Ciudad de Buenos Aires sobre la Avenida del Libertador al 8200, en el barrio de Nuñez. Este fue uno de los centros de detención más famosos, y es donde actualmente funciona el Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos”.

A la hora de empezar a escribir, creí que era de suma importancia ponerse en la piel del personaje, como dice Piglia: “Encontrar una voz que no es la de uno”. Para esto me resultó muy útil la película que me recomendó Emilia, “Crónica de una fuga”, de Adrián Caetano. El filme muestra explícitamente cómo son tratados los secuestrados en los centros de detención, las torturas de las que son víctimas, y al ver esto en la pantalla me permitió sufrir con los personajes, ver la crueldad y la impunidad con la que se manejaban los secuestradores. Esto me ayudó a crear un personaje cuyos pensamientos y acciones fueran acordes a la situación en la que se encontraba.

Ya con el camino bastante aclarado, opté por no realizar un plan estricto para mi escritura, ya que por lo general cuando escribo suelo ir dándole forma al relato a medida que voy avanzando, siempre abierto a nuevas posibilidades. Simplemente me largué a escribir con la intención de relatar en primera persona el viaje que realiza el personaje en esa experiencia que lo marcaría de por vida. Comencé por relatar el secuestro, tratando de darle verosimilitud a partir de lo que había leído acerca de cómo se llevaban a cabo. Una vez terminada esa primera escena, decidí introducir la siguiente mediante una separación en capítulos, para dar un salto en el tiempo sin extenderme demasiado en el relato. El siguiente paso en la historia era mostrar la brutalidad del lugar, y cómo esto iba afectando al personaje, llevándolo a tomar decisiones. Finalmente decidí introducir el desenlace en un tercer capítulo. Este fue el que más trabajo me dio, ya que tenía que decidir hacia dónde quería llevar la historia. Luego de idas y venidas, sumado a algunas sugerencias que iba recibiendo, decidí jugar con la contraposición de sentimientos del protagonista en su desenlace. Por un lado su inocencia, la esperanza y la alegría que podía significar alcanzar su libertad, y por el otro lado el sentimiento de culpa y la carga de la traición, tema que cobra protagonismo en el relato.

Luego de revisiones y de hacer algunas correcciones quedó conformado el cuento. Sin embargo todavía no tenía un título. Mi objetivo era encontrar un título que diera cuenta de la experiencia del protagonista. Mi primer paso fue resumir esa experiencia en una sola palabra, a partir de la cual construir un título. La palabra que me pareció mas adecuada para describir todo eso fue “infierno”. De ahí me remonté a la descripción que hace Dante del infierno en “La Divina Comedia”. En este relato el infierno aparece divido en nueve círculos. El personaje de mi cuento había atravesado el infierno durante la experiencia relatada. Así nace el título: “Desde el Limbo hasta la Plotomea”. En el relato de Dante el Limbo viene a formar parte del primer círculo del infierno, mientras que la Plotomea, forma parte del noveno círculo, y es el lugar dónde se encuentran aquellos que han traicionado a sus amigos.

domingo, 14 de agosto de 2011

Desde el Limbo hasta la Plotomea

I

-¿Qué va a tomar joven? -me preguntó el camarero ni bien me senté en la barra.

La pregunta me tomó por sorpresa, no había tenido tiempo ni de pensarlo, por lo que pedí lo primero que se me vino a la cabeza.

-Una cerveza, por favor -repliqué.

-¿Puede ser una pizza también? -agregué rápidamente.

Ya era tarde y no probaba un bocado desde el mediodía. Mi madre seguro debería estar preocupada, había estado muy ocupado ayudando a un compañero de la facultad con un trabajo, por lo que no dormía en casa hacía dos noches. Por eso, planeaba comer algo rápido y regresar a casa para estar con mi familia.

-Sírvase. Son veinte pesos -me dijo el camarero mientras apoyaba el plato sobre el mostrador.

-Gracias, aquí tiene -le contesté sacando el dinero del bolsillo.

No sé si esa pizza era realmente una delicia o si tantas horas sin comer convertían en un manjar cualquier alimento, pero lo cierto es que disfrutaba de cada bocado como si fuera el último.

Un fuerte ruido interrumpió mi comida.

-¡Con que acá se escondían ustedes dos! -le dijo un hombre que acababa de ingresar al lugar a otros dos que ya estaban comiendo ahí cuando yo llegué.

- ¡Mueven un pelo y les vuelo la cabeza a los dos! –exclamó mientras golpeaba su pistola contra la mesa.

Era un hombre alto, fornido, con un bigote a la americana, vestido de civil. Estaba acompañado por tres más. Creo que dijeron algo como que eran policías, aunque no recuerdo bien, me había quedado helado.

-Vos no te hagas el piola –la presión que ejerció el cañón de esa pistola en mi espalda me hizo recobrar el sentido- Vas a tener que acompañarnos.

No entendía que querían, al parecer no era dinero lo que buscaban. Eran realmente violentos, yo estaba muy asustado. Dos tipos más entraron al bar. Nos tomaron a todos del cuello y nos llevaron afuera donde había dos automóviles. Al camarero y a mí nos introdujeron en un Renault 12 Break, a los otros dos los subieron a un auto verde cuyo modelo no alcancé a divisar.

¿A dónde diablos me llevaban? Todo era muy confuso, unos minutos atrás estaba disfrutando una comida, tranquilo, y de pronto esto.

-¡Agachá la cabeza! -me dijeron mientras me la tapaban con un pullóver- ¡Agachala o te la reviento!

Entre lágrimas y gritos exclamaba mi inocencia, pero solo recibía golpes y amenazas a cambio. Aturdido por los palazos que recibía en la cabeza, me di cuenta que era en vano seguir peleando, así que dejé de oponer resistencia y me entregué por completo.

II

- ¡Cúbranse que viene la patota!

Rápidamente me levanté la venda y cubrí mis ojos, si me llegaban a ver con los ojos descubiertos me las vería con la picana eléctrica. Si quería mantenerme con vida tenía que evitar nuevas heridas, ya bastante difícil se hacía con las que me habían provocado hasta el momento: tenía marcas en toda la espalda y una lesión en la pierna izquierda que me dificultaba caminar con normalidad.

La puerta se abrió y entró un grupo de hombres.

-Vos venís con nosotros –dijo uno de los hombres mientras me agarraba del brazo. Me levantó y me sacó de la habitación.

-Te vamos a hacer unas preguntitas, y más te vale que colabores.

Me llevaron a otra habitación, donde me pusieron de rodillas y comenzaron a hacerme preguntas.

-¿Qué sabés del levantamiento en Floresta?

No tenía la menor de idea de que me estaban hablando, y esto no me ayudaba, ya que cuando les decía que no sabía de que se trataba y que yo no tenía nada que ver era cuando peor la pasaba.

-Bajalo a ver si se le refresca la memoria -decía quien parecía estar a cargo del operativo, e instantáneamente sumergían mi cabeza en una bañera llena de agua.

Esto se repitió un par de veces. Cada vez me costaba más inhalar una buena bocanada de aire antes de ser sumergido nuevamente. El agua estaba helada, la cara me temblaba del frío. En eso, una nueva pregunta llamó mi atención.

-¿Qué relación tenés con Juan Pablo Rodríguez, Néstor Pietravallo y Enrique Serrano?

Este último nombre me dejó petrificado. Desconocía totalmente a los primeros dos, pero el último… Serrano era mi compañero de facultad ¿Qué tenía que ver él con todo esto? ¿Acaso estaba metido en algo y no me contó nada? Yo que me consideraba un tipo muy observador, ¿Cómo pude pasar semejante detalle por alto?

-¡No te hagas el boludo y contestá la pregunta! -interrumpió mis pensamientos el interrogador en un tono imponente- ¿Los conoces o no?

Me encontraba ahora en una disyuntiva. Si no decía nada seguirían torturándome; ya me habían advertido que si quería salir tendría que “colaborar”, darles nombres, direcciones, números telefónicos. Si les admitía mi relación con Serrano era boleta, si al parecer pertenecía a un grupo revolucionario, yo seguiría el mismo destino que él. Sin embargo cabía la posibilidad que Serrano siguiera en libertad. En ese caso, si yo lo “vendía” seguramente me dejarían en libertad.

De vuelta el agua. La sensación de ahogo me impedía pensar con claridad. Había tragado tanta agua que ya me sentía mareado. Cuando me sacaron la cabeza de la bañera decidí que si quería permanecer con vida, era hora de jugar mi primera carta.

-¡Serrano! –exclamé con lo que me quedaba de aire- Es al único que conozco, es compañero mío de la facultad.

- ¿Y sabías que tu amiguito es un terrorista? Seguro vos lo ayudabas a hacer la revolución, ¿No?

-¡No señor! Le juro que no tenía idea que él estaba metido en eso, solo vamos a la facultad juntos, nada más.

Hubo un silencio. Parecía que habían creído en mi sinceridad. Yo mientras tanto rezaba por que no llegara la siguiente pregunta. Me pusieron de pie, y empezamos a caminar, al parecer volvíamos a la habitación.

- Ahora pensá bien lo que vas a decir. Decime la dirección de tu amiguito. Acordate que lo antes que hables, lo antes que vas a salir de acá.

III

Cada vez estaba más flaco. Las heridas de los golpes no eran nada en comparación con el estado en el que me tenían. Mal alimentado, totalmente sucio; me estaba pudriendo lentamente. Todavía recordaba el sabor de esa pizza, lo daba todo por volver probar un bocado así. Pero eso desataba también mi ira. Maldecía mi suerte por haber entrado a ese bar en aquel momento. Solía ir seguido a ese lugar. Después de clases siempre íbamos a tomar algo ahí con Enrique, nunca pasaba nada, era un lugar muy tranquilo.

La inocencia me estaba comiendo la cabeza. Trataba de atar cabos, de entender cómo era que había ido a parar ahí. La explicación de la casualidad de una situación desafortunada ya no era suficiente para justificar la condición en la que me encontraba. Tenía que haber algo más. ¿Y si no era del todo inocente? ¿Si había hecho algo que no recordaba? Es difícil pensar con claridad cuando uno se encuentra en este estado. Por otro lado eso puede ser lo que están buscando. ¿Querrán que me vuelva loco, que llegue a ese estado en el que nada es certero, todo es confuso, y confiese cualquier cosa?

Ese día recibimos una inesperada visita. Álvaro, aquel que había estado a cargo del operativo en el cual me detuvieron, y quien solía tomar parte en los interrogatorios, se había hecho presente en nuestra habitación.

-Tomá Beto, calzate –me dijo arrojándome un par de zapatillas-. Vamos a dar un paseo.

Agarré las zapatillas, y mientras me las ponía pregunté: - ¿Me llevan a casa?

-Apurate y vení, que acá las preguntas las hacemos nosotros.

Me calcé y me paré rápidamente. Estaba emocionado, me iban a soltar. Sin embargo, después de todo lo que había vivido ahí adentro tenía derecho a dudar de cualquier cosa que me dijeran, el engaño y la distracción eran parte de la tortura. Álvaro solo aparecía en ocasiones especiales, así que eso significaba que algo importante iba a suceder, aunque no podía saber si era algo bueno o malo.

-Me van a soltar, ¿No?

-Primero nos tenés que ayudar. Vamos a dar un paseo, y si todo sale bien, te volvés a tu casa.

Esto me daba esperanzas, aunque también me despertaba cierta incertidumbre. ¿A dónde me llevaban? Eso último que dijo me dejó pensando, ¿Qué habrá querido decir con “si todo sale bien”?

Una vez afuera, antes de que me subieran al automóvil, un particular ruido llamó mi atención. Era inconfundible. Tanto tiempo en ese calvario me había hecho olvidar por completo el Mundial. Sin dudas era el rugido del Monumental totalmente colmado por hinchas albicelestes. Había perdido la cuenta de los días, pero deberíamos estar a fines de junio ya. ¿Había alcanzado la final el conjunto argentino? No me atreví a preguntarles nada. Tenía asuntos más importantes por delante como para andar preocupándome por el fútbol. Además, si les preguntaba se percatarían de que me había dado una idea de dónde nos encontrábamos, y eso para ellos no era nada bueno; hasta podía significar mi muerte.

Después de alrededor de media hora de viaje el automóvil se detuvo. No tenía la menor idea de donde estábamos, y no creo que planearan decírmelo. Mi hicieron bajar con la cabeza agachada. Mis ojos seguían tapados con la misma venda desde el primer día. La ansiedad me dominaba, solo pensaba en volver a casa.

Caminamos unos veinte pasos cuando oí la voz de Álvaro ordenando que me quitaran la venda. El velo cayo, y frente a mis ojos descubiertos se me reveló la imagen de mi querido amigo Enrique.

No pude advertir dónde nos encontrábamos, mi atención estaba puesta ciento por ciento en los ojos de mi amigo.

-Me mataste Beto –me dijo Enrique con lamento en su mirada-. Me mataste.

-Al final, somos todos la misma mierda –contesté comprendiendo el desenlace.

-¡Disparen! -exclamó Álvaro.

Después de más de cuarenta días en ese infierno, por fin me devolvían mi libertad.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Proyecto Narrativo 4

Este es mi texto, por lo menos por ahora. Nose si será el definitivo, todavía me quedan alguna dudas, asi que escucho opiniones:


I

-¿Qué va a tomar joven? -me preguntó el camarero ni bien me senté en la barra.

La pregunta me tomó por sorpresa, no había tenido tiempo ni de pensarlo, por lo que pedí lo primero que se me vino a la cabeza.

-Una cerveza, por favor -repliqué.

-¿Puede ser una pizza también? -agregué rápidamente.

Ya era tarde y no probaba un bocado desde el mediodía. Mientras esperaba pensaba en mi madre, seguro debería estar preocupada, ya que no dormía en casa hacía dos noches. Había estado muy ocupado ayudando a un compañero de la facultad con un trabajo. Por eso planeaba comer algo rápido y regresar a casa.

-Sírvase. Son veinte pesos -me dijo el camarero mientras apoyaba el plato sobre el mostrador.

-Gracias, aquí tiene -le contesté sacando el dinero del bolsillo.

No sé si esa pizza era realmente una delicia o si tantas horas sin comer convertían en un manjar cualquier alimento, pero lo cierto es que disfrutaba de cada bocado como si fuera el último.

Un fuerte ruido interrumpió mi comida.

-¡Con que acá se escondían ustedes dos! -le dijo un hombre que acababa de ingresar al lugar a otros dos que ya estaban comiendo ahí cuando yo llegué.

- ¡Mueven un pelo y les vuelo la cabeza a los dos! –exclamó mientras golpeaba su pistola contra la mesa.

Era un hombre alto, fornido, con un bigote a la americana, vestido de civil. Estaba acompañado por tres más. Creo que dijeron algo como que eran policías, aunque no recuerdo bien, me había quedado helado.

-Vos no te hagas el piola –la presión que ejerció el cañón de esa pistola en mi espalda me hizo recobrar el sentido- Vas a tener que acompañarnos.

Dos tipos más entraron al bar. Nos tomaron a todos del cuello y nos llevaron afuera donde había dos automóviles. Al camarero y a mí nos introdujeron en un Renault 12 Break, a los otros dos los subieron a un auto verde cuyo modelo no alcancé a divisar.

-¡Agachá la cabeza! -me dijeron mientras me la tapaban con un pullóver- ¡Agachala o te la reviento!

En vano exclamé mi inocencia a gritos, solo recibía amenazas y golpes a cambio, por lo que en cuanto encontré un mínimo de tranquilidad cesé en mi intento de hacerme escuchar.

II

- ¡Cúbranse que viene la patota!

La puerta se abrió y entró un grupo de hombres.

-Vos venís con nosotros –dijo uno de los hombres mientras me agarraba del brazo. Me levantó y me sacó de la habitación.

-Te vamos a hacer unas preguntitas, y más te vale que colabores.

Me llevaron a otra habitación, donde me pusieron de rodillas y comenzaron a hacerme preguntas.

-¿Qué sabés del levantamiento en Floresta?

No tenía la menor de idea de que me estaban hablando, y esto no me ayudaba, ya que cuando les decía que no sabía de que se trataba y que yo no tenía nada que ver era cuando peor la pasaba.

-Bajalo a ver si se le refresca la memoria -decía quien parecía estar a cargo del operativo, e instantáneamente sumergían mi cabeza en una bañera llena de agua.

Esto se repitió un par de veces. Cada vez me costaba más inhalar una buena bocanada de aire antes de ser sumergido nuevamente. En eso, una nueva pregunta llamó mi atención.

-¿Qué relación tenés con Juan Pablo Rodríguez, Néstor Pietravallo y Enrique Serrano?

Este último nombre me dejó petrificado. Desconocía totalmente a los primeros dos, pero el último… Serrano era mi compañero de facultad ¿Qué tenía que ver él con todo esto? ¿Acaso estaba metido en un grupo guerrillero y no me contó nada? Yo que me consideraba un tipo muy observador, ¿Cómo pude pasar semejante detalle por alto?

-¡No te hagas el boludo y contestá la pregunta! -interrumpió mis pensamientos el interrogador en un tono imponente- ¿Los conoces o no?

Me encontraba ahora en una disyuntiva. Si no decía nada seguirían torturándome; ya me habían advertido que si quería salir tendría que “colaborar”, darles nombres, direcciones, números telefónicos. Si les admitía mi relación con Serrano era boleta, si al parecer pertenecía a un grupo revolucionario, yo seguiría el mismo destino que él. Sin embargo cabía la posibilidad que Serrano siguiera en libertad. En ese caso, si yo lo “vendía” seguramente me dejarían en libertad.

De vuelta el agua. La sensación de ahogo me impedía pensar con claridad. Había tragado tanta agua que ya me sentía mareado. Cuando me sacaron la cabeza de la bañera decidí jugar mi primera carta.

-¡Serrano! –exclamé con lo que me quedaba de aire- Es al único que conozco, es compañero mío de la facultad.

- ¿Y sabías que tu amiguito es un terrorista? Seguro vos lo ayudabas a hacer la revolución, ¿No?

-¡No señor! Le juro que no tenía idea que él estaba metido en eso, solo vamos a la facultad juntos, nada más.

Hubo un silencio. Parecía que habían creído en mi sinceridad. Yo mientras tanto rezaba por que no llegara la siguiente pregunta. Me hicieron ponerme de pie, y empezamos a caminar, al parecer volvíamos a la habitación.

- Ahora pensá bien lo que vas a decir. Decime la dirección de tu amiguito. Acordate que lo antes que hables, lo antes que vas a salir de acá.

III

Cada vez estaba más flaco. Las heridas de los golpes no eran nada en comparación con el estado en el que me tenían. Mal alimentado, totalmente sucio; me estaba pudriendo lentamente. Todavía recordaba el sabor de esa pizza, lo daba todo por volver probar un bocado así. Pero eso desataba también mi ira. Maldecía mi suerte por haber entrado a ese bar en aquel momento. Solía ir seguido a ese lugar. Después de clases siempre íbamos a tomar algo ahí con Enrique, nunca pasaba nada, era un lugar muy tranquilo.

La inocencia me estaba comiendo la cabeza. Trataba de atar cabos, de entender cómo era que había ido a parar ahí. La explicación de la casualidad de una situación desafortunada ya no era suficiente para justificar la situación en la que me encontraba. Tenía que haber algo más. ¿Y si no era del todo inocente? ¿Si había hecho algo que no recordaba? Es difícil pensar con claridad cuando uno se encuentra en este estado. Por otro lado eso puede ser lo que están buscando. ¿Querrán que me vuelva loco, que llegue a ese estado en el que nada es certero, todo es confuso, y confiese cualquier cosa?

Ese día recibimos una inesperada visita. Álvaro, aquel que había estado a cargo del operativo en el cual me detuvieron, y quien solía tomar parte en los interrogatorios, se había hecho presente en nuestra habitación.

-Tomá Beto, calzate –me dijo arrojándome un par de zapatillas-. Vamos a dar un paseo.

Agarré las zapatillas, y mientras me las ponía pregunté: - ¿Me llevan a casa?

-Apurate y vení, que acá las preguntas las hacemos nosotros.

Me calcé y me paré rápidamente. Estaba emocionado, me iban a soltar. Me hicieron bajar unas escaleras, cosa bastante complicada de hacer cunado uno tiene los ojos vendados.

-Me van a soltar, ¿No?

-Primero nos tenés que ayudar. Vamos a dar un paseo, y si todo sale bien, te volvés a tu casa.

Esto me daba esperanzas, aunque también me despertaba cierta incertidumbre. ¿A dónde me llevaban? ¿Qué habrá querido decir cuando dijo “si todo sale bien”?

Una vez afuera, antes de que me subieran al automóvil, un particular ruido llamó mi atención. Era inconfundible. Tanto tiempo en ese calvario me había hecho olvidar por completo el Mundial. Ese rugido del Monumental cuando está totalmente colmado por hinchas albicelestes me era familiar. Había perdido la cuenta de los días, pero deberíamos estar a fines de junio ya. ¿Había alcanzado la final el conjunto argentino? No me atreví a preguntarles nada. Si les preguntaba se percatarían de que me había dado una idea de dónde nos encontrábamos, y eso para ellos no era nada bueno; hasta podía significar mi muerte.

Después de alrededor de media hora de viaje el automóvil se detuvo. No tenía la menor idea de donde estábamos, y no creo que planearan decírmelo. Mi hicieron bajar con la cabeza agachada. Mis ojos seguían tapados con la misma venda desde el primer día.

Caminamos unos veinte pasos cuando oí la voz de Álvaro ordenando que me quitaran la venda. El velo cayo, y frente a mis ojos descubiertos se me reveló la imagen de mi querido amigo Enrique.

-Me mataste Beto –me dijo Enrique con lamento en su mirada-. Me mataste.

-Al final, somos todos la misma mierda –contesté comprendiendo el desenlace.

-¡Disparen! -exclamó Álvaro.

Por fin libre.

miércoles, 27 de julio de 2011

Proyecto Narrativo 3

Recién hoy logré recuperar mi libro de “Operación Masacre”, ya que mi hermano lo había prestado, y le llevó un par de semanas conseguirlo de vuelta. Para aprovechar ese tiempo, me dediqué a pensar en lo que quiero narrar y a leer otros textos. Leí el último cuento que me faltaba del libro que tengo de Kafka, aunque no logré sacar nada positivo ya que era un texto al cual le faltaban fragmentos, por lo que la esencia de la historia se perdía. Estuve leyendo cuentos de Hemingway. Éstos me gustaron mucho más. “Los asesinos”, “Un canario como regalo”, “Un lugar limpio y bien iluminado”, “El viejo en el puente” y “El mar cambia” son algunos de ellos. Tengo que admitir que a veces me costó trabajo comprenderlos, pero me fascina esa habilidad que tiene Hemingway para relatar situaciones triviales de un modo misterioso, y la construcción que hace de los personajes a través de sus acciones y sus discursos, hasta muchas veces evita darle nombres a los personajes. Es muy interesante el uso de los diálogos. Muchos de estos cuentos se construyen a través de conversaciones entre dos o más personajes, lo que le permite al lector conocer mejor a los protagonistas sin la necesidad de que intervenga un narrador.

Además de cuentos, también busqué textos que me ayudaran a interiorizarme en el período de la dictadura, para conocer como era la situación y especialmente como se llevaban a cabo las detenciones, torturas y asesinatos. Para esta tarea encontré oportuna la lectura del informe de la CONADEP “Nunca Más”. Concentré mi lectura en testimonios de gente que logró sobrevivir a las torturas. Es interesante ver como cada uno narra su historia, y a partir de esto además se puede conocer la clandestinidad de los hechos. Detenciones que eran realizadas por integrantes de la policía o el ejército vestidos de civil, que entraban en domicilios, lugares de trabajo, de reunión, etc. Generalmente eran por la noche, muchas veces se cortaban previamente el suministro de luz, y se rodeaba la cuadra. Los secuestrados eran “tabicados” y trasladados de los centros de detención, donde eran víctimas de todo tipo de torturas durante interrogatorios en los que se buscaba asociar a los secuestrados con algún tipo de acción “subversiva”. Muchas veces estas torturas terminaban con la muerte de las personas, eran pocos los que lograban salir con vida de los centros de detención.

Ahora me voy a concentrar por fin en la relectura de Operación Masacre y voy a empezar a escribir un poco a ver que sale; creo que leer a Rodolfo Walsh me va a ayudar a encontrar ideas y modos de narrar. La idea es narrar las sensaciones del personaje durante su detención; la incertidumbre que se despierta en él a medida que pasan las horas y su situación se va tornando más confusa, dar a conocer su inocencia a través de sus pensamientos. Con respecto al contexto histórico, mi idea no es explicitarlo, sino darlo a conocer por medio de indicios en la narración.

Esto es lo que tengo hasta acá, a medida que avance irán sabiendo de mí.

miércoles, 13 de julio de 2011

Proyecto Narrativo 2

El camino se empieza a allanar. Cuando pensé en usar como referencia algún hecho histórico las posibilidades que se me abrieron seguían siendo muy amplias, por eso, más tarde, decidí buscar algo en nuestra propia historia. Pero no quería trabajar con un pasado lejano, algo que por cierto ya hice en la última consigna del taller, así que debía buscar en la historia más reciente de nuestro país. Rápidamente se me vino a la cabeza la última dictadura militar, un hecho pasado, pero que causó una herida tan profunda que aun sigue abierta. Ya tenía el contexto, la cuestión ahora es cómo trabajar con eso.

En el verano tuve la oportunidad de leer Operación Masacre. Me surgió ahora la idea de trabajar con una situación como la que reconstruye Rodolfo Walsh, pero ambientada en la última dictadura militar. Creo que un relato en primera persona de un hombre que está siendo trasladado para ser ejecutado puede ser una propuesta interesante para este proyecto. Transmitir sus sensaciones, sus incertidumbres, su inocencia. Creo que este es el camino que quiero seguir para esta tarea.

Ahora voy a retomar la lectura de Operación Masacre y a buscar textos sobre aquella época que me puedan aportar datos e ideas. En cuanto a los autores de los que habla Piglia, además de seguir con Kafka estuve leyendo algunos cuentos de Hemingway. Pude comprobar lo que dice Piglia sobre ellos, Hemingway hace un gran uso de la elipsis en sus relatos, a veces parecen descripciones de situaciones cotidianas, ya que evita hacer mención de los detalles de la historia escondida. Kafka, en cambio, narra esa historia secreta con total naturalidad.

miércoles, 6 de julio de 2011

Proyecto Narrativo

Todavía no tengo del todo claro el camino a seguir en este proyecto (lo cual no creo que sea algo negativo a esta altura). Repasé varias veces las consignas y propuestas del cuadernillo. Me interesó la del cuadro de Géricault, y especialmente, las que apuntan a realizar un viaje al pasado. Seguramente mi proyecto esté centrado en un hecho histórico. Lo más probable es que sea un cuento, aunque no descarto aun la posibilidad de una crónica ficcional, creo que eso lo voy poder decidir una vez que tenga el tema.

Estube leyendo a Kafka, tanto su obra maestra “La Metamorfosis”, como otros cuentos que la acompañaban en un libro que encontré en mi biblioteca. Voy a seguir leyendo a otros autores para ver si encuentro esa inspiración que todavía no logré con Kafka.

Esto es lo que tengo hasta ahora, poco; pero ya se empieza a delinear un camino. Cuando surja algo nuevo, serán los primeros en saber.