I
-¿Qué va a tomar joven? -me preguntó el camarero ni bien me senté en la barra.
La pregunta me tomó por sorpresa, no había tenido tiempo ni de pensarlo, por lo que pedí lo primero que se me vino a la cabeza.
-Una cerveza, por favor -repliqué.
-¿Puede ser una pizza también? -agregué rápidamente.
Ya era tarde y no probaba un bocado desde el mediodía. Mi madre seguro debería estar preocupada, había estado muy ocupado ayudando a un compañero de la facultad con un trabajo, por lo que no dormía en casa hacía dos noches. Por eso, planeaba comer algo rápido y regresar a casa para estar con mi familia.
-Sírvase. Son veinte pesos -me dijo el camarero mientras apoyaba el plato sobre el mostrador.
-Gracias, aquí tiene -le contesté sacando el dinero del bolsillo.
No sé si esa pizza era realmente una delicia o si tantas horas sin comer convertían en un manjar cualquier alimento, pero lo cierto es que disfrutaba de cada bocado como si fuera el último.
Un fuerte ruido interrumpió mi comida.
-¡Con que acá se escondían ustedes dos! -le dijo un hombre que acababa de ingresar al lugar a otros dos que ya estaban comiendo ahí cuando yo llegué.
- ¡Mueven un pelo y les vuelo la cabeza a los dos! –exclamó mientras golpeaba su pistola contra la mesa.
Era un hombre alto, fornido, con un bigote a la americana, vestido de civil. Estaba acompañado por tres más. Creo que dijeron algo como que eran policías, aunque no recuerdo bien, me había quedado helado.
-Vos no te hagas el piola –la presión que ejerció el cañón de esa pistola en mi espalda me hizo recobrar el sentido- Vas a tener que acompañarnos.
No entendía que querían, al parecer no era dinero lo que buscaban. Eran realmente violentos, yo estaba muy asustado. Dos tipos más entraron al bar. Nos tomaron a todos del cuello y nos llevaron afuera donde había dos automóviles. Al camarero y a mí nos introdujeron en un Renault 12 Break, a los otros dos los subieron a un auto verde cuyo modelo no alcancé a divisar.
¿A dónde diablos me llevaban? Todo era muy confuso, unos minutos atrás estaba disfrutando una comida, tranquilo, y de pronto esto.
-¡Agachá la cabeza! -me dijeron mientras me la tapaban con un pullóver- ¡Agachala o te la reviento!
Entre lágrimas y gritos exclamaba mi inocencia, pero solo recibía golpes y amenazas a cambio. Aturdido por los palazos que recibía en la cabeza, me di cuenta que era en vano seguir peleando, así que dejé de oponer resistencia y me entregué por completo.
II
- ¡Cúbranse que viene la patota!
Rápidamente me levanté la venda y cubrí mis ojos, si me llegaban a ver con los ojos descubiertos me las vería con la picana eléctrica. Si quería mantenerme con vida tenía que evitar nuevas heridas, ya bastante difícil se hacía con las que me habían provocado hasta el momento: tenía marcas en toda la espalda y una lesión en la pierna izquierda que me dificultaba caminar con normalidad.
La puerta se abrió y entró un grupo de hombres.
-Vos venís con nosotros –dijo uno de los hombres mientras me agarraba del brazo. Me levantó y me sacó de la habitación.
-Te vamos a hacer unas preguntitas, y más te vale que colabores.
Me llevaron a otra habitación, donde me pusieron de rodillas y comenzaron a hacerme preguntas.
-¿Qué sabés del levantamiento en Floresta?
No tenía la menor de idea de que me estaban hablando, y esto no me ayudaba, ya que cuando les decía que no sabía de que se trataba y que yo no tenía nada que ver era cuando peor la pasaba.
-Bajalo a ver si se le refresca la memoria -decía quien parecía estar a cargo del operativo, e instantáneamente sumergían mi cabeza en una bañera llena de agua.
Esto se repitió un par de veces. Cada vez me costaba más inhalar una buena bocanada de aire antes de ser sumergido nuevamente. El agua estaba helada, la cara me temblaba del frío. En eso, una nueva pregunta llamó mi atención.
-¿Qué relación tenés con Juan Pablo Rodríguez, Néstor Pietravallo y Enrique Serrano?
Este último nombre me dejó petrificado. Desconocía totalmente a los primeros dos, pero el último… Serrano era mi compañero de facultad ¿Qué tenía que ver él con todo esto? ¿Acaso estaba metido en algo y no me contó nada? Yo que me consideraba un tipo muy observador, ¿Cómo pude pasar semejante detalle por alto?
-¡No te hagas el boludo y contestá la pregunta! -interrumpió mis pensamientos el interrogador en un tono imponente- ¿Los conoces o no?
Me encontraba ahora en una disyuntiva. Si no decía nada seguirían torturándome; ya me habían advertido que si quería salir tendría que “colaborar”, darles nombres, direcciones, números telefónicos. Si les admitía mi relación con Serrano era boleta, si al parecer pertenecía a un grupo revolucionario, yo seguiría el mismo destino que él. Sin embargo cabía la posibilidad que Serrano siguiera en libertad. En ese caso, si yo lo “vendía” seguramente me dejarían en libertad.
De vuelta el agua. La sensación de ahogo me impedía pensar con claridad. Había tragado tanta agua que ya me sentía mareado. Cuando me sacaron la cabeza de la bañera decidí que si quería permanecer con vida, era hora de jugar mi primera carta.
-¡Serrano! –exclamé con lo que me quedaba de aire- Es al único que conozco, es compañero mío de la facultad.
- ¿Y sabías que tu amiguito es un terrorista? Seguro vos lo ayudabas a hacer la revolución, ¿No?
-¡No señor! Le juro que no tenía idea que él estaba metido en eso, solo vamos a la facultad juntos, nada más.
Hubo un silencio. Parecía que habían creído en mi sinceridad. Yo mientras tanto rezaba por que no llegara la siguiente pregunta. Me pusieron de pie, y empezamos a caminar, al parecer volvíamos a la habitación.
- Ahora pensá bien lo que vas a decir. Decime la dirección de tu amiguito. Acordate que lo antes que hables, lo antes que vas a salir de acá.
III
Cada vez estaba más flaco. Las heridas de los golpes no eran nada en comparación con el estado en el que me tenían. Mal alimentado, totalmente sucio; me estaba pudriendo lentamente. Todavía recordaba el sabor de esa pizza, lo daba todo por volver probar un bocado así. Pero eso desataba también mi ira. Maldecía mi suerte por haber entrado a ese bar en aquel momento. Solía ir seguido a ese lugar. Después de clases siempre íbamos a tomar algo ahí con Enrique, nunca pasaba nada, era un lugar muy tranquilo.
La inocencia me estaba comiendo la cabeza. Trataba de atar cabos, de entender cómo era que había ido a parar ahí. La explicación de la casualidad de una situación desafortunada ya no era suficiente para justificar la condición en la que me encontraba. Tenía que haber algo más. ¿Y si no era del todo inocente? ¿Si había hecho algo que no recordaba? Es difícil pensar con claridad cuando uno se encuentra en este estado. Por otro lado eso puede ser lo que están buscando. ¿Querrán que me vuelva loco, que llegue a ese estado en el que nada es certero, todo es confuso, y confiese cualquier cosa?
Ese día recibimos una inesperada visita. Álvaro, aquel que había estado a cargo del operativo en el cual me detuvieron, y quien solía tomar parte en los interrogatorios, se había hecho presente en nuestra habitación.
-Tomá Beto, calzate –me dijo arrojándome un par de zapatillas-. Vamos a dar un paseo.
Agarré las zapatillas, y mientras me las ponía pregunté: - ¿Me llevan a casa?
-Apurate y vení, que acá las preguntas las hacemos nosotros.
Me calcé y me paré rápidamente. Estaba emocionado, me iban a soltar. Sin embargo, después de todo lo que había vivido ahí adentro tenía derecho a dudar de cualquier cosa que me dijeran, el engaño y la distracción eran parte de la tortura. Álvaro solo aparecía en ocasiones especiales, así que eso significaba que algo importante iba a suceder, aunque no podía saber si era algo bueno o malo.
-Me van a soltar, ¿No?
-Primero nos tenés que ayudar. Vamos a dar un paseo, y si todo sale bien, te volvés a tu casa.
Esto me daba esperanzas, aunque también me despertaba cierta incertidumbre. ¿A dónde me llevaban? Eso último que dijo me dejó pensando, ¿Qué habrá querido decir con “si todo sale bien”?
Una vez afuera, antes de que me subieran al automóvil, un particular ruido llamó mi atención. Era inconfundible. Tanto tiempo en ese calvario me había hecho olvidar por completo el Mundial. Sin dudas era el rugido del Monumental totalmente colmado por hinchas albicelestes. Había perdido la cuenta de los días, pero deberíamos estar a fines de junio ya. ¿Había alcanzado la final el conjunto argentino? No me atreví a preguntarles nada. Tenía asuntos más importantes por delante como para andar preocupándome por el fútbol. Además, si les preguntaba se percatarían de que me había dado una idea de dónde nos encontrábamos, y eso para ellos no era nada bueno; hasta podía significar mi muerte.
Después de alrededor de media hora de viaje el automóvil se detuvo. No tenía la menor idea de donde estábamos, y no creo que planearan decírmelo. Mi hicieron bajar con la cabeza agachada. Mis ojos seguían tapados con la misma venda desde el primer día. La ansiedad me dominaba, solo pensaba en volver a casa.
Caminamos unos veinte pasos cuando oí la voz de Álvaro ordenando que me quitaran la venda. El velo cayo, y frente a mis ojos descubiertos se me reveló la imagen de mi querido amigo Enrique.
No pude advertir dónde nos encontrábamos, mi atención estaba puesta ciento por ciento en los ojos de mi amigo.
-Me mataste Beto –me dijo Enrique con lamento en su mirada-. Me mataste.
-Al final, somos todos la misma mierda –contesté comprendiendo el desenlace.
-¡Disparen! -exclamó Álvaro.
Después de más de cuarenta días en ese infierno, por fin me devolvían mi libertad.
Joaquín, me pareció muy buena el texto relacionado con hechos de la última dictadura. Quizá le podrías agregar un poco más de monólogo del personaje respecto a sus sensaciones, mientras está secuestrado y se desarrollan los hechos.
ResponderEliminar