lunes, 23 de mayo de 2011

Historia del Museo Saavedra (2da Versión)

Con el objeto de recopilar datos para reconstruir su historia, me dirigí al Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio de Saavedra. Antes de emprender mi viaje ya contaba con cierta información acerca del espacio cultural, es por es que sabía que durante su ya casi un siglo de vida, el museo sufrió varias transformaciones. Esto sentaba las bases para mi tarea, que consistiría entonces en dar a conocer aquel proceso evolutivo que atravesó el Museo Saavedra desde su fundación hasta el día de hoy, y el camino que pretende seguir dicho proceso.

Al entrar a la quinta en la que se encuentra situado el museo ya pude sentir que me encontraba en un lugar antiguo; su halo histórico se evidencia en la arquitectura colonial del lugar. En la entrada misma hay un sendero que se dirige a los distintos pabellones. Al recorrer dicho sendero me fui encontrando con carteles que hacen mención a la historia del lugar. Gracias a ellos pude saber que el museo abrió sus puertas por primera vez el 6 de octubre de 1921 bajo el nombre de Museo Municipal de Buenos Aires, gracias a las donaciones que realizó el escultor Serviliano Ricardo Rafael Zemborain, quien antes de su muerte, en 1912, dejó explicitado en su testamento el deseo de que sus colecciones quedaran en manos de la Municipalidad de Buenos Aires. Sin embargo, me encontré con un dato llamativo acerca del lugar físico que ha ocupado el museo; decía que comenzó a funcionar en la planta alta de un edificio ubicado sobre Av. Corrientes 939, y quince años después, en 1936 se trasladó a Cerrito 281 debido al ensanche de la calle Corrientes, dónde duró apenas un año, ya que en 1937 se mudó a la calle Quintana 84-88.

El museo recién iba a encontrar su lugar definitivo en 1941 cuando se destinó para la sede del Museo Municipal el edificio existente en le ex estancia Saavedra. Este me pareció un dato relevante para construir la historia del lugar, por lo que decidí indagar sobre dicha estancia. Puesto que la biblioteca del museo se encontraba cerrada, me vi forzado a optar por la herramienta virtual, y realicé mi investigación en Internet. Allí pude encontrar que la quinta designada como sede del museo pertenecía a Luis María Saavedra, sobrino de Cornelio Saavedra. Luis María, quien nació tres meses después de la muerte de su tío, habitó esta estancia a finales del siglo XIX junto a su esposa Dámasa Zelaya. La arquitectura de la casa respetaba el estilo colonial de la época. Además, en la quinta había lugar para desarrollar la cría de todo tipo de animales domésticos.

Sin embargo, gran parte de la casona que solía pertenecer a Luis María Saavedra fue modificada. El arquitecto Manuel Augusto Domínguez estuvo a cargo de la adaptación del edificio a la necesidades del museo; su principal objetivo era lograr que se mimetizara con las quintas aledañas. Según lo que pude observar en las placas ubicadas en el edificio principal, se le dio una gran importancia a las rejas de las ventanas, que fueron extraídas de distintas casas coloniales de la época del virreinato. En cuanto a la decoración del museo, estuvo a cargo de la señora Silvia Saavedra Lamas de Pueyrredón, quien basó la exposición en la figura de su bisabuelo Cornelio Saavedra.

El 25 de mayo de 1942 el museo reabrió sus puertas bajo el nombre de Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio de Saavedra. Sin embargo, recién cinco años más tarde el museo logró retomar su misión originaria, que era la de contar la historia de la Ciudad de Buenos Aires desde su fundación, gracias a que en 1947 recupera gran parte de sus colecciones debido a la fusión con el Museo Municipal de la Ciudad de Buenos Aires. Debido al crecimiento año a año del patrimonio del museo, en 1955 se construyeron dos pabellones más para poder albergar las múltiples colecciones de mobiliario, platería, iconografía, documentos, planos, cartas, alhajas, peinetones, abanicos, trajes, armas, medallas, monedas y billetes que reflejan una imagen de la Nación y de la ciudad que en tres siglos fue capital del virreinato, de la provincia y del país. Así quedó conformada la estructura edilicia que aun se mantiene.

En el museo se puede advertir un clima familiar, muchos padres, con la excusa de hacer un programa en familia, eligen llevar a sus hijos a conocerlo, y comenzar así a instruirlos en la historia de su ciudad. Esto se ve potenciado por las obras teatrales que se realizan en el museo, ya que las mismas están dirigidas especialmente hacia los niños, y les cuenta de manera didáctica y entretenida la historia de la ciudad de Buenos Aires, su gente, y sus costumbres.

lunes, 16 de mayo de 2011

Proceso de Escritura

La consigna era clara, tenía que escribir un texto narrativo, que cuente una primera vez de un personaje, en relación con un objeto, que en este caso era “pelota”. Como punto de partida contaba con un campo semántico, conformado por verbos, adverbios, adjetivos, sustantivos y hasta preguntas, relacionados con el objeto en cuestión. Estas palabras cumplían la función de ayudar a disparar la creatividad en la misión de construir la narración.

El primer paso a seguir según mi lógica propia, consistía en pensar en un personaje y en cual sería esa primera vez del mismo; primera vez respecto a qué ¿Haciendo qué cosa? Teniendo el objeto “pelota” como disparador, lo primero que pensé fue en el fútbol. Luego pensé en qué podía ser lo mas representativo del fútbol, aquello acerca de lo cual narrar una primera vez. No tuve que pensar mucho, inmediatamente se me vino a la cabeza la imagen de un gol ¿Qué es más ilustrativo del fútbol que un gol? Pero aquí se me presentó un nuevo desafío. El gol es algo muy común en el fútbol, y si dedicaba mi texto a narrar el primer gol de un jugador sería un relato insulso y vacío. Fue por eso que decidí darle relevancia a la construcción del personaje, para mostrar así cuanta importancia tenía para él esa primera vez, ese primer gol. Instantáneamente recordé aquel personaje del humorista Luis Rubio, llamado Eber Ludueña: un defensor rústico que se dedicaba más a golpear rivales que a anotar goles. Pensé que mi personaje debía tener esa característica, pero le modifique el aspecto humorístico que tiene Eber por uno más pasional, demostrando el sacrificio que hacía por su profesión y por su equipo. Por eso decidí narrar la historia del primer gol del personaje, gol que llega en el ocaso de su carrera, y que es de suma importancia para el club de sus amores.

Una vez que ya tenía un personaje y un argumento, debía proseguir a construir el relato. Para eso necesitaba un narrador. Creí que lo mejor en este caso era que el narrador fuese externo, un observador de la historia, un testigo de la hazaña del personaje. También decidí dedicar el primer párrafo a la construcción del narrador, mediante la descripción de un ambiente que despierta recuerdos en él, y le suscita la historia que luego va a narrar.

En cuanto a los nombres (de personajes, clubes, etc.) su elección fue totalmente azarosa. No me basé en nada en especial para elegirlos, simplemente escribí lo primero que se cruzó por mi cabeza. Lo único intencional ahí fue buscar algún club de las categorías menores del fútbol argentino, ubicado dentro de la Ciudad de Buenos Aires.

Finalmente, algo en lo que procuré hacer énfasis fue en el toque emotivo del relato. Tanto en las descripciones como en la contextualización, siempre quise dejar explicitado lo que esa primera vez significaba para el personaje, la importancia que tenía para él convertir su primer gol queda evidenciada no solo en lo que despierta en él, sino también en la reacción de los demás.

domingo, 15 de mayo de 2011

Historia del Museo Saavedra

El 6 de octubre de 1921 abrió sus puertas por primera vez el Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio de Saavedra. Fue llamado originalmente Museo Municipal de Buenos Aires. El museo de nació gracias a las donaciones que realizó el escultor Serviliano Ricardo Rafael Zemborain, quien antes de su muerte, en 1912, dejó explicitado en su testamento el deseo de que sus colecciones quedaran en manos de la Municipalidad de Buenos Aires. El museo comenzó a funcionar en la planta alta de un edificio ubicado sobre Av. Corrientes 939. Sin embargo, quince años después, en 1936 el museo se trasladó a Cerrito 281 debido al ensanche de la calle Corrientes, dónde duró apenas un año, ya que en 1937 se mudó a la calle Quintana 84-88.

Pero no iba a encontrar su lugar definitivo hasta el año 1941, cuando el 12 de diciembre la Comisión Interventora de vecinos del Concejo Deliberante sanciona la resolución Nº 13.003 por la cual se destinaba para la sede del Museo Municipal el edificio existente en la ex-estancia Saavedra, donde solía vivir Luis María Saavedra, sobrino de Cornelio Saavedra. Estas tierras habían sido expropiadas por el Poder Ejecutivo Nacional por Ley Nº 12.336, pasando así a poder de la Municipalidad. Además El 30 de diciembre, por Ordenanza Nº 13.069 se le otorga a dicho museo el nombre de Cornelio de Saavedra. Así el museo pasaba a llevar el nombre de una de las figuras exponentes del nacimiento de la República Argentina, nombre acorde a las exposiciones que se llevan a cabo en el mismo.

El arquitecto Manuel Augusto Domínguez fue designado para adaptar el edificio existente dentro de la chacra a las necesidades del museo. Domínguez debió acondicionar el edificio existente para que se mimetizara con las demás quintas de Buenos Aires, modificando así gran parte de la casona que solía pertenecer a Luis María Saavedra. En cuanto a la decoración del lugar, estuvo a cargo de la señora Silvia Saavedra Lamas de Pueyrredón, quien basó la exposición en la figura de su bisabuelo Cornelio Saavedra. El 25 de mayo de 1942, bajo las polémicas generadas por los arreglos hechos por Silvia Saavedra Lamas, el museo reabre sus puertas con nombre nuevo y sede propia. Recién cinco años más tarde, el museo logra retomar su misión originaria, que era la de contar la historia de la Ciudad de Buenos Aires desde su fundación, gracias a que en 1947 recupera gran parte de sus colecciones debido a la fusión con el Museo Municipal de la Ciudad de Buenos Aires.

El patrimonio del museo fue creciendo año a año, por lo que a partir de 1955 se construyeron dos pabellones más para poder albergar las múltiples colecciones de mobiliario, platería, iconografía, documentos, planos, cartas, alhajas, peinetones, abanicos, trajes, armas, medallas, monedas y billetes que reflejan una imagen de la Nación y de la ciudad que en tres siglos fue capital del virreinato, de la provincia y del país. Así quedó conformada la estructura edilicia que aun se mantiene.

El museo cuenta actualmente con diez salas de exhibiciones permanentes, en las cuales se exponen objetos que ayudan a construir la historia Argentina. Desde colecciones acerca de la historia monetaria del país hasta las de personajes tales como Leandro Alem, José Ignacio Garmendia y Guillermo Moores, y hasta cuenta con una biblioteca en la que se pueden encontrar especialmente distintas versiones acerca de la historia del país y de la Ciudad de Buenos Aires.

martes, 3 de mayo de 2011

Retrato de gol

Caminando por las calles del barrio de Libertad, es imposible no detenerse por un instante a admirar el estadio Ferrocarril Midland. De por sí la imagen no es imponente; es un estadio precario, como la gran mayoría de los de los clubes que militan en la cuarta categoría del fútbol argentino. Sin embargo, sus gradas de madera, carteles publicitarios que sobreviven al tiempo y ese pasto color amarillento producto del maltrato del clima, despiertan en uno la nostalgia y la admiración por ese fútbol de potrero, la esencia de ese deporte, disputado por la pasión, y alejado de los grandes negociados actuales que dominan la escena deportiva, y más precisamente, la industria del fútbol.

Pero para un conocedor y fanático del deporte argentino, cada uno de estos estadios del conurbano bonaerense le suscita emociones e historias variadas. En este caso particular rápidamente se me viene a la mente la imagen del gol de Walter Negretti, aquel 12 de mayo de 1985. Walter jugó toda su carrera en el Club Atlético Ferrocarril Midland. Debutó en el primer equipo con 23 años, una edad bastante avanzada como para comenzar una carrera en el fútbol moderno. Esto seguramente se debió a su falta de talento natural para practicar el deporte. Walter se desempeñaba como defensor derecho, un clásico “lateral”, pero no de los que avanzan por el carril desbordando a los rivales y alimentando al área rival de centros, sino que su juego se caracterizaba por la “garra” y el sacrificio a la hora de marcar; el área contraria era territorio desconocido para él. Su nombre no aparecía en las planillas gracias a goles y asistencias, sino más bien a amonestaciones y expulsiones. No es casualidad que en sus 12 años como titular en el club haya marcado un solo gol.

Pero para aquel 12 de mayo el contador de Walter todavía estaba en cero. Ya había cumplido los 35 años y había anunciado que se alejaría de las canchas al término del campeonato. A falta de dos fechas Atlanta ya se había consagrado campeón, consiguiendo así el ascenso directo a la Primera B. Sin embargo, Midland seguía con posibilidades de clasificar a jugar la promoción, para buscar el ascenso. Esa tarde se jugaba un clásico: Leandro N. Alem visitaba el estadio Ferrocarril Midland. De conseguir la victoria el equipo local se aseguraba el boleto para disputar la promoción. Walter salió a la cancha con el brazalete de capitán en su brazo izquierdo, como había ocurrido en los últimos encuentros, premiando así la trayectoria de un jugador muy importante para el club. Como era costumbre, arrancó el partido recostado en el sector derecho del campo, limitándose a sus tareas defensivas. El partido estaba muy trabado, a los dos equipos les costaba generar situaciones de gol en los arcos rivales, y la presión de la gente aumentaba el nerviosismo de los jugadores dentro de la cancha. El marco era imponente, los seguidores más fieles del conjunto visitante se habían hecho presentes, mientras que el local convocó tanta gente que apenas había lugar para colgar las banderas. El primer tiempo terminó igualado, recuerdo ver a los jugadores retirándose exhaustos a los vestuarios para el descanso. Pero a pesar del cansancio, recuerdo escuchar a Negretti arengando a sus compañeros y explicándoles su visión del partido.

El segundo tiempo comenzó igual que el primero, se asemejaba más a un campo de batalla que a un partido de fútbol. Iban treinta minutos del segundo tiempo cuando la joven promesa de Midland Gastón Firpo agarró la pelota y empezó a escalar por la banda izquierda. Con una combinación de habilidad y velocidad fue dejando en el camino a los rivales cual si fueran postes de luz. Firpo estaba por ingresar al área contraria; el remate se imponía. Sin embargo, cruzó la pelota de manera tal que parecía ser que tenía un guante en lugar de su botín izquierdo. A toda velocidad por la otra orilla venia arremetiendo Walter Negretti como si fuese una locomotora que se había desviado del Ferrocarril Midland para ingresar al campo de juego. Cuando Walter vio que la pelota iba a caer cortando su trayectoria, se pudo advertir en la tribuna un grito eufórico que indicaba “¡Pegale como viene!”. Nose si Negretti escuchó a ese fanático o si se armó de coraje por sí solo, pero la cuestión es que el jugador estiró su pierna derecha para atrás como si estuviera cargando un flecha, y en el momento que llegó la pelota a su ubicación en la puerta del área le hundió el empeine en la válvula de aire con todas sus fuerzas, lo que provocó que el esférico saliera recto hacia la portería y se metiera arriba, junto al palo más lejano del arquero. La gente no lo podía creer, Walter menos. Del silencio generalizado se pasó a la euforia máxima, el estadio rugió un grito de gol que se debe haber escuchado hasta en las localidades vecinas. Los compañeros corrieron todos a abrazar a Walter y felicitarlo por su magnífica definición.

El partido terminó 1 a 0, era el primer gol de Walter Negretti, justo cuando su carrera estaba llegando a su punto final. Es un gol que ni él ni ningún hincha de Midland olvidará jamás; un gol en el clásico y que le dio la posibilidad de jugar la promoción. Midland perdió luego la promoción contra Tigre, siendo aquel el último partido de Negretti, pero a pesar de no haber logrado el ascenso, nunca olvidará su primer y único gol, una jugada digna de ser retratada.

Memoria de lectura

“Los cuadernos de Valdano” es un libro que despierta nostalgia en los fanáticos del deporte, y más precisamente del fútbol. Como su nombre lo dice, el libro consiste de una recopilación de las memorias del ex futbolista y director técnico Jorge Valdano durante la década del 90, especialmente durante el desarrollo de la Eurocopa disputada en Inglaterra en 1996, y los Juegos Olímpicos del mismo año, realizados en Atlanta.

Para un seguidor del fútbol como lo soy yo, el primer efecto que genera la lectura de este libro es un viaje a través del tiempo. A medida que uno va leyendo, y se va encontrando con nombres de viejas glorias, como el caso de Gascoigne, Stoichkov, Djorkaeff y Maldini, entre otros, los recuerdos que quedaron grabados en la mente de aquellos jugadores comienzan a despertar. Pero no son recuerdos cualesquiera, sino que son los primeros recuerdos que tengo como fanático del fútbol, ya que me remontan a mi temprana infancia, entre los cinco y diez años, cuando uno empieza a cobrar noción de lo que observa, a interesarse profundamente por aquello que le produce una sensación de satisfacción, y es aquél primer encuentro (en este caso con el fútbol) el que puede llegar a marcar de por vida la relación con dicha actividad.

Pero la lectura de estos cuadernos no sólo me remonta a los goles de Kanu, la fantasía de Rivaldo o la inteligencia de Guardiola; esos recuerdos traen aparejados momentos, como la final de fútbol en los Juegos Olímpicos de Atlanta en la que Nigeria venció a Argentina sobre la hora. Eso me transporta al living de mi casa, y me puedo ver a mí, sentado con toda mi familia, sufriendo hasta el último instante por aquél vibrante encuentro. Ahí es cuando el efecto nostálgico de la lectura entra en juego. También comienzan a despertar en mí los recuerdos de mis primeros pasos practicando deporte, y no solamente observándolo. Al leer sobre jugadores como Ronaldo o Maradona, uno se recuerda a sí mismo pateando la pelota, siguiendo el ejemplo de las grandes figuras, soñando con algún día ser como ellos, y cuando cierra los ojos para patear con todas sus fuerzas, en el fondo se cree que es alguno de aquellos jugadores a los que tanto idolatra.